Celebramos Para Encontrarnos
- Dr. Rodrigo González

- 30 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Para el ser humano el tiempo nunca es neutro. Nosotros sentimos el tiempo más de lo que lo entendemos.
Los seres humanos no experimentamos el tiempo como un reloj, sino que lo hacemos a través de la espera, la alegría, la anticipación, aunque también a través de la ansiedad, la pérdida, pero sobre todo, y con mayor énfasis, a través de la memoria y el deseo. Para nosotros el tiempo se convierte en afecto vivido antes que concepto pensado.

San Agustín lo decía así: el tiempo no es más que una extensión del alma.
«El tiempo no es otra cosa que una extensión; pero ¿de qué? No lo sé -y maravilla será si no es de la misma alma. […] Mido el tiempo, lo sé; pero ni mido el futuro, que aún no es; ni mido el presente, que no se extiende por ningún espacio; ni mido el pretérito, que ya no existe. ¿Qué es, pues, lo que mido? ¿Acaso los tiempos que pasan, no los pasados?» (Confesiones, XI, 26).
Nuestros afectos, entonces, no son solo emociones (lo sabemos): son también en cierto modo formas de organizar el tiempo interior, porque cada estado afectivo genera su propio régimen temporal. Por ejemplo la ansiedad temporaliza en modo urgencia sin dirección; la serenidad temporaliza en un presente respirable; la esperanza temporaliza en un futuro abierto y posible.
Por eso todos, en verdad todos, podemos decir con Borges que la eternidad se vive en un instante («La eternidad es el instante»). Y es que aunque el reloj marque cinco o sesenta minutos, el tiempo psicológico no coincide con el tiempo físico. El cuerpo puede vivirlo como una eternidad, una repetición, una amenaza, un descanso, una suspensión, un tiempo sabático, o como una epifanía, … o incluso como una teofanía.
«Tu vida pasará como un relámpago», cantaba Milarepa retomando las palabras del Buda.
El Dharma, que no es un dogma, sino la expresión viva del despertar y de la apertura del corazón humano, nombra esa comprensión interior, ese insight que permite ver la impermanencia sin miedo y con un corazón abierto.
El tiempo humano es siempre heterogéneo y afectivo. Por eso el tiempo nunca es neutral.

Y volviendo a San Agustín: «¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pregunta, no lo sé.» (Confesiones, XI, 14).
El tiempo no es neutral para el ser humano porque para él no está afuera. Asumimos que tenemos tiempo, cuando es el tiempo quien nos «tiene». Poéticamente podemos decir que vibra en nuestros corazones porque se tensa en los afectos, se quiebra en la memoria y se proyecta en el deseo. El tiempo, para nosotros, antes de pensarlo, lo sentimos… lo vivimos.
Sin embargo nuestra época desdibuja los afectos del tiempo, arrastrándonos con deseos de pasado en un futuro inalcanzable, insistiendo en que la vida es debe ser consumida con la velocidad más no consumada con sentido, estrategia y equilibrio. Y vamos de tiempo en tiempo «sin vivir» ninguno de los tiempos.
Nos repiten que “time is money”, pero no es verdad. El dinero es posibilitante para las estructuras constitivas del mundo humano, que, por cierto, son temporales. Por eso nuestra relación con el dinero no es solo mécanica sino siempre afectiva, existencial, con símbolismo altamente sagrado como profano, pero siempre funcional.
El tiempo es a la conciencia, antes que todo un transcurrir de sentido y afectos. Por eso el espiritu humano está distendido entre lo que recuerda, lo que vive y lo que espera. Esa distensión no es monetaria como tampoco es geométrica: es afectiva.

Entonces, qué es una celebración sino la conciencia y el pulso de un tiempo pasado, presente o venidero.
Celebramos entonces, cada tiempo para no desdibujarnos con el paso del tiempo, sino «re-dibujarnos», reinterpretarnos con mayor hondura, mayor experiencia, para buscarnos, para encontrarnos, pues no celebramos otra cosa que nuestro paso por este mundo, nuestro andar.
No es cuestión de religión (o sí para quien así lo viva), sino de la posibilidad de lo humano desde que el universo es universo, desde que el universo es posibilidad de posibilidades, y que nosotros encarnamos, aquí y ahora, la posibilidad de lo humano, en este mundo, en nuestra propia vida e historias compartidas.

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