El colapso silencioso: sobre lo anticivilizatorio de no preguntar
- Dr. Rodrigo González

- 10 sept
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Actualizado: 25 sept
Las civilizaciones no caen solo por guerras o terremotos. Se derrumban, muchas veces, en un gesto mucho más íntimo: cuando dejan de preguntarse por sí mismas. Allí empieza un lento deslizamiento, casi invisible, que transforma la vida en costumbre y la costumbre en dogma. El silencio entonces no es paz sino anestesia.
Preguntar es el pulso de lo humano. La pregunta interrumpe, a veces hiere, incomoda. Un pueblo que pregunta está despierto; un pueblo que deja de preguntar, filosóficamente, sobre su civilización y su pensamiento crítico, entra en un sopor anticivilizatorio que precede al hundimiento. Roma, en sus últimos siglos, multiplicaba las procesiones y los espectáculos como si en la repetición del brillo pudiera conservar el sentido. Pero nadie preguntaba ya qué sostenía a ese orden. Y cuando la pregunta desaparece, el edificio se sostiene solo por inercia. Hasta que cede.

La ausencia de preguntas es, en realidad, un lujo que ninguna cultura puede permitirse. Equivale a soltar el timón y dejar que sean otros—mercados, algoritmos, poderes invisibles—quienes conduzcan el barco. La sociedad sigue en movimiento, claro, pero ya no hacia donde quiere. Se desliza adonde la arrastra la corriente más fuerte.
A veces basta una sola pregunta para que todo cambie. No hace falta un tratado, ni una revolución. Una pregunta pequeña, casi ingenua, puede alterar un destino entero. Sócrates, con su obstinada manía de interrogar lo obvio, hizo tambalear a la Atenas que creía tener respuestas para todo. Einstein se preguntó cómo sería viajar al lado de un rayo de luz y abrió la puerta a otra física. En la historia humana hay preguntas que son como la vibración de una cuerda: apenas un temblor y, sin embargo, la sinfonía entera se desordena.

Podríamos llamarlas "preguntas mariposa", porque siguiendo la metáfora "Igual que el aleteo mínimo que desata una tormenta al otro lado del mundo", estas interrogaciones frágiles reacomodan sistemas enteros. La mariposa no tiene fuerza, pero altera el aire. La pregunta no resuelve, pero reconfigura lo que parecía inamovible.
¿Qué sucede cuando esas preguntas no llegan? No hay neutralidad. El vacío que dejan lo ocupa lo peor: narrativas simplistas, ideologías que se repiten como letanías, respuestas prefabricadas que se imponen sin resistencia. Lo que no se puede preguntar, no se puede discutir; y lo que no se discute, termina convertido en destino.
La neurociencia nos da ofrece el siguiente dato inquietante: la atención se moldea por aquello en lo que nos entrenamos a preguntar. Cuando dejamos de interrogar, literalmente reprogramamos el cerebro hacia la pasividad. Una cultura entera puede olvidar, no cómo contestar, sino cómo dudar. Ese olvido no es inocente, es la condición perfecta para que otros piensen por nosotros.
Hoy lo vemos en la pantalla que deslizamos sin pausa. El algoritmo responde antes de que sepamos qué preguntar. Nos ofrece certezas empaquetadas, explicaciones inmediatas. Parece comodidad, en realidad es hipnosis. Quizá estamos construyendo la primera civilización que, saturada de respuestas, pierde la capacidad de formular preguntas.
Ante este escenario, hay quienes buscan refugio en el mito de la pureza cultural. Imaginan que la salvación estaría en volver a una identidad intacta, descolonizada, recuperada de algún archivo del pasado. Pero no existen culturas puras. Nunca las hubo. Lo humano siempre se ha tejido de mezclas, préstamos, encuentros y conflictos. Pretender lo contrario es soñar con un jardín sin raíces cruzadas.
La salida no es cavar hacia atrás, sino apropiarse de la hibridez con conciencia. Transformar lo recibido en recurso vivo. Educar no para repetir eslóganes de resistencia, sino para desarrollar una capacidad de autoapropiación cognitiva. Esa facultad de hacer propias las herramientas—sean simbólicas, científicas o tecnológicas—es lo que permite a una comunidad dejar de ser eco y convertirse en voz.
La resistencia tiene un papel. Denuncia, expone, abre un resquicio. Pero cuando se convierte en estado permanente, termina atrapada en la misma jaula que denuncia. Buena parte de América Latina pasó décadas en ese registro. Resistir, denunciar, pero sin generar. La energía se consumía en la queja, no en la creación. Lo anticivilizatorio no fue haber resistido, sino haberse quedado ahí, como si el único modo de existir fuera en contra de algo.
El salto verdadero ocurre cuando aparece otra pregunta: más allá de resistir, ¿qué podemos inventar? Esa interrogación sencilla, casi incómoda, es una pregunta mariposa. Desplaza el eje de la queja al de la creación. Abre la posibilidad de que la ira acumulada se convierta en combustible de obra y no en ceniza de discurso.

En Harvard, desde hace décadas, se insiste en el método del caso. Lo que parece un recurso didáctico encierra realmente una pedagogía civilizatoria. ¿Cuál?. Antes de buscar la respuesta, multiplicar las preguntas. No aceptar lo obvio, no conformarse con el dato inmediato, sino forzar la mirada a abrirse. Ese ejercicio constante de interrogar forma mentes que saben resistir el embrujo del silencio.
Tal vez la filosofía del futuro no consista en ofrecer sistemas cerrados, sino en cultivar volver al arte de curar preguntas. Hacer de la interrogación una práctica creadora. Imaginemos un mundo donde las culturas no compiten por imponer verdades, sino por ensayar las preguntas más fecundas sobre lo humano, la justicia, la tecnología, la vida en común. Una filosofía generativa que no busca concluir, sino encender.
Estamos en el umbral de una paradoja. De un lado, el riesgo anticivilizatorio del silencio. Sociedades que delegan sus preguntas a algoritmos, a mercados, a discursos hegemónicos. Del otro, la posibilidad de esas pequeñas preguntas que alteran todo un horizonte.
El peligro real no es equivocarse en la respuesta. El peligro es dejar de preguntar. En ese instante, como advirtió Rilke, el futuro ya no entra en nosotros para transformarse; simplemente pasa de largo, diseñado en otro sitio, consumido sin resistencia.
Tal vez lo único que nos salva es la sospecha. La intuición de que cada pregunta callada es un futuro que se cierra. Y la certeza de que una sola pregunta mariposa puede bastar para abrir de nuevo el horizonte.
De esas preguntas—frágiles, mínimas, peligrosas—hablaremos en el próximo ensayo. Porque en ellas puede residir, todavía, la posibilidad de un destino distinto.


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